BAJO EL TENUE RESPLANDOR DEL ALBA

Bajo el tenue resplandor del alba, apostado entre los arbustos y la hojarasca, sentado en la pequeña banqueta, después de dos horas de larga espera escuchando los primeros gorjeos de los tempraneros pájaros, con el gorro metido hasta las cejas, escuchaba en la lejanía el ladrar cadente de los perros en busca de los cubiles de las piezas que tendrían que levantar para atraerlas a nuestros puestos. Yo era novel por aquel entonces en el ámbito de la caza y me sorprendía y casi desconocía todo lo que de profundo y ancestral tenia ante mí, pero de alguna manera la sensación que percibía en ese momento me parecía que no era tan desconocida; ya me había ocurrido en otras ocasiones, cuando contemplaba el fuego de la chimenea, pero no a plena luz del día, sino al anochecer, en el silencio y escuchando el crujir de las brasas, era como una abstracción que no me hacía pensar sino sentir. O cuando entraba en la esplendida presencia del puerto de montaña y me envolvía el entorno alto, agreste, poderoso de la belleza intima, sin aditamentos civilizados, con una sensación de sentirme protegido a mis espaldas pero con inmenso desasosiego ante lo prodigioso del infinito natural, entre lo conocido y social y lo desconocido y solitario. Siempre me preguntaba por qué mecanismos el sistema evolutivo dejaba su poso en cada uno de nosotros. Qué me quedaba de mis padres, de mis abuelos y de todas las generaciones que me precedieron, que al mismo tiempo me acercaban al ser único, al ser universal, como el big bang de los seres vivos. Pero de lo que no me cabía duda, era su presencia, y pensaba que era magnifico que todos fuésemos familia del universo y que eso significaba que había un nexo que nos unía a todos los seres en el tiempo, como una gravedad de sentir, de vida… . Me quedaba de mis antepasados, esa sensación agradable, indefinible, pero que sabia que también la compartían los demás por comentarios y observaciones que a mí me parecían encadenadas al mismo propósito, sentir lo sentido, sentir el legado.

Intuí que los ladridos cambiaban su tonalidad, imaginé a la pieza salir de su encame ante el acoso de los perros en una carrera por la vida. Lista la adrenalina en todos los campos, intenté adivinar la distancia, aun lejana, pero quizás aproximándose en mi dirección, comprobé el rifle, equilibrado, afinado en el campo de tiro, con una mira telescópica clara, no excesivamente potente, lo que me permitiría enfocar con mayor premura a la pieza. Las balas cuidadosamente elegidas estaban en la caja, accioné el cerrojo y una de ellas se deslizó hasta la recámara; apoyé el arma en la horquilla mono pié y enfoqué el terreno tratando de adivinar por donde sería más factible que me saliese la pieza, un ligero espacio entre la maleza y unos surcos me hicieron pensar que sería el lugar más propicio. Dada la rapidez con que pasaría el animal, la pronta localización era vital.

Pensé en ese momento, que en todo el cosmos conocido, y de todos es bien sabido que, entre el nacer y el morir, la lucha por la supervivencia mueve a todas las especies. Nadie sabe lo que hay al final del camino, quien quedará y si el fin reportará al vencedor o vencedores quizás la inmortalidad, donde ya no se necesite matar para subsistir y donde el pensamiento ya no sea sino la herramienta que nos ha servido para prevalecer y sea el sentir simplemente, el éxtasis de la plenitud de la existencia, pues no existe ningún código superior de la naturaleza que diga que un ser es superior a otro ser y tampoco por el mero hecho de pensar.

Sí, se acercan los perros…, creo que se están aproximando, los nervios me asaltan en un sin pensar, las articulaciones ateridas, se tensan, el dedo se acerca al guardamontes y roza suavemente el gatillo para comprobar que está ahí, se acercan, se acercan, y a doce metros más arriba de lo previsto la silueta de dos lustrosos jabalíes pasan como una exhalación, a pulso y con precipitación disparo mi primera bala, como siguen corriendo disparo la segunda tratando ya de adivinar la trayectoria antes de que desaparezcan en la espesura, ¿Habré tenido suerte?, ¿Habrán tenido suerte?, Al acercarme con precaución oí un jadeo agonizante y una mirada vidriosa me observaba. Seguía tratando de luchar, pero ya había perdido hacía un millón de años.
Luis R. Quintana